sábado, 17 de junio de 2017

DANIEL MOYANO Recuerdos de La Rioja

 Los militares lo secuestraron el 25 de marzo de 1976, un día después del golpe de Estado y, apenas lo liberaron, se exilió en Madrid, donde murió el 1º de julio de 1992, a los 62 años. No fue el primer desarraigo que sufrió el escritor Daniel Moyano, ni el último. Aunque había nacido en Buenos Aires en 1930, pasó su infancia en la ciudad de Córdoba y se radicó en La Rioja, en donde escribió la mayoría de sus relatos y novelas. A pesar de haber sido elogiado nada menos que por José Bianco ("no propaga doctrina, no teoriza ni argumenta, sino que sencillamente narra") y Augusto Roa Bastos, el último exilio que sufrió Moyano –Premio Juan Rulfo en 1985– fue el olvido de la crítica, la academia y el mundo editorial.



 

Recuerdos de
La Rioja

"... El nuevo gobierno, ante los agobiantes problemas riojanos, los había resuelto eliminando la provincia. Con la nueva división política, la parte cordillerana quedó para San Juan, la parte norte para Catamarca y el resto para Córdoba. Los cordobeses habían instalado una fábrica de salchichas en la Casa de Gobierno, el gobernador había pasado a ser ordenanza en un pasillo de los Tribunales de San Juan, (...) la ciudad capital fue taponada con quioscos, y el obispo, que se resistió, fue descendido a monaguillo por sugerencia del cardenal primado. Finalmente los perros, los burros, los gallos y los vendedores ambulantes fueron unificados en el rubro ‘varios’, embalados y remitidos a Bolivia en pago de una deuda..."

[Fragmento de "El trino del diablo", novela escrita en La Rioja en 1974, durante la gobernación de Carlos Menem]


 

Persecución de un ritmo

Por Noé Jitrik
La circulación de la producción literaria de un escritor responde a la inmediatez instituida de los escritores consagrados por la academia o por las grandes editoriales, lo que implica que el sujeto de la literatura ya no es el lector sino el propio editor. En la madeja de esta complejidad, la obra de Daniel Moyano, a diferencia de Rodolfo Walsh, es más silenciosa, y tal vez por eso menos recordada. Existe la "veleta", un oportunismo que establece cuáles son los autores que hay que leer y de los cuales hay que hablar, sin tener en cuenta el valor de los que quedan afuera de este círculo. La primera novela que leí de Moyano fue Una luz muy lejana. En esas páginas sentí que aparecía una voz que recordaba la luz de la provincia con una solidez y una firmeza que me sorprendieron. La constante de su escritura está relacionada con la música, la persecución de un ritmo, que distinguía sus cuentos y novelas de otras narrativas. El tomaba a la música como soldador de su escritura, con la precisión y la elegancia del violinista que era. Lo vi en España, poco antes de morir, cuando le otorgaron el Premio Cervantes a Augusto Roa Bastos, y me dijo que se sentía poco reconocido y leído.

Los caminos inversos
 
Por Héctor Tizón

La obra del escritor no muere cuando se acaba la vida biológica del autor. Moyano fue el precursor de una literatura que hizo el recorrido contrario, desde adentro hacia la metrópolis, junto con Juan José Saer y Antonio Di Benedetto. Logró jugar en primera sin haber nacido en Buenos Aires. El hecho de que no haya muchos libros en las librerías es por las mecánicas de funcionamiento del marketing editorial. La importancia de su literatura va a vencer esta indiferencia aparente. Una novela como Libros de navíos y de borrascas es un trabajo contundente porque representa el momento sublime de la madurez de Moyano, al reflejar el estado de ánimo de toda una generación. En Madrid nos veíamos con frecuencia y siempre me dio la impresión de que quería regresar pero que intuía que jamás volvería a pisar suelo argentino. Solía utilizar una metáfora sobre la desaparición de lo que alguna vez se llamó Argentina: como una isla de Cracatova. La última vez que lo vi estaba triste, un estado de ánimo poco representativo de su personalidad. Supongo que aunque él no sabía que tenía cáncer, intuía que la muerte le estaba rondando bajo la forma de una enfermedad incurable.
Fuente: Página/12, 2002

DANIEL MOYANO Un artista de variedades


  Daniel Moyano murió el 11 de junio de 1992, en España, donde permaneció exiliado desde que escapara de la dictadura militar en el mes de mayo de 1976. Mientras algunas antologías revalorizan su obra, también se dio a conocer su novela Dónde estás con tus ojos celestes, nunca publicada antes. En esta entrevista inédita (extractos, en rigor, de una extensa conversación entre agosto de 1987 y noviembre de 1988), Moyano repasa su infancia, su relación con la literatura, la música, su detención y el exilio.

 
 
Por Andrew Graham-Yooll
 
Con Daniel Moyano alguna vez tratamos de calcular cuántos kilómetros había entre su casa en La Rioja y el “piso” en la Ronda de Segovia, de Madrid. El cálculo estaba dirigido a saber dónde nos había llevado la vida, pero se hallaba condenado al fracaso porque la cifra no nos interesaba. Había armado la casa del exilio madrileño con su mujer, Irma Capellino, y con los dos hijos del matrimonio. De los encuentros familiares, en Madrid y, también en Londres, queda el recuerdo de su humor y de la calidez en su cara algo cansada. (“Dale, inglés, decilo, cara de indio. Es así. Mi padre era medio indio”, reía Moyano.) Lo extraño mucho, ahora como en aquel primero de julio hace trece años en que su hijo avisó que Daniel había muerto. Me habla todavía, en dos cintas, dos extendidas charlas (53 hojas en la desgrabación) que sostuvimos en agosto de 1987 y en noviembre de 1988. Sus palabras reflejan erudición, su amplia lectura, su obra y su angustia.
Daniel Moyano fue el menos conocido de los grandes escritores argentinos y latinoamericanos de los ‘60 y ‘70. Felizmente, este año se ha comenzado a reeditar su obra. Tenía obra publicada cuando ocurrió su gran lanzamiento como escritor a raíz del premio Primera Plana, en 1967. Un jurado de lujo (Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez) proclamó ganadora su novela El oscuro. Su carrera había comenzado como plomero y albañil, si bien siempre fue escritor, y músico, desde que no pudo ir a la escuela en Córdoba. Sus oficios le sirvieron en el exilio luego de su detención en marzo de 1976. Aparte de cargar con la máquina de escribir, lo que más cerca llevaba era la bolsa con las herramientas de plomero.
Lo que sigue, un extracto de esas dos charlas grabadas, son palabras de Daniel Moyano, hablando como amigo, escritor, argentino y exiliado.
“Hablabas de Antonio di Benedetto. El decía que el exilio no tiene regreso. Era un caballero. Todos conocimos un Di Benedetto en Mendoza y en Buenos Aires, y otra persona en España, cuando salió de la cárcel. Sufría delirios de persecución, estaba envejecido y con problemas de memoria. Los militares lo acusaron de viajar a Cuba en busca de instrucciones para la guerrilla. Le preguntaban qué hacía en Cuba, si usaba el télex del diario Los Andes, donde fue subdirector, para comunicarse con la guerrilla. En los interrogatorios lo golpearon todo el tiempo, me dijo. Antonio se exilió en España. Sara Gallardo trató de ayudarlo, igual que muchos. Regresó a Buenos Aires, trabajó unos meses, y se quedó sin trabajo. Cuando murió, los diarios porteños le hicieron grandes elogios.”
“Lo cito porque al exilio traté de negarlo. Poco a poco uno se va dando cuenta de la mentira de eso. He regresado a Buenos Aires, como muchos, pero me doy cuenta de que no regreso, aunque regrese. Lo que dejé ya no existe, los hilos están cortados. Alguien me dijo que mi novela Navíos y borrascas es mi paso hacia el exilio.
”Nuestra identidad es la de exiliado permanente. Julio Mafud, en El desarraigo argentino, sostenía que eran desarraigados los españoles que emigraban y desarraigados los indios que desposeían, y desarraigados los inmigrantes del siglo XIX que vinieron a desposeer. Eduardo Mallea por ahí dice que la Argentina es como una gran ramera con la que todos se acuestan, pero que nadie la asume. Mi abuelo materno hablaba de volver a Italia, y de un barco mitológico que lo llevaría. No volvió, como no vamos a volver ninguno de nosotros. Yo me invento que mi abuelo se fue para allá con un acordeón, pensando que iba a volver. Volví yo, él soy yo, y volví con un violín. Cambiamos de instrumento, nada más. Mario Benedetti ha inventado una palabra muy buena, desexilio, pero no creo que sea posible el desexilio.
”Lo he superado: no tengo nostalgia, ni me quejo. Empecé a ver a Madrid como una ciudad real. No la veía como real, sino como ciudad ‘impuesta’. Ahora, que sé que el exilio es irreversible, me siento cómodo. Es saludable y debe ser un mecanismo de defensa. Quiero asumir el exilio sin temor, y sin esperanza.”
“Los primeros siete años de exilio no pude escribir nada. Había perdido toda capacidad expresiva. Lo que intentaba escribir era visceral, patológico, mezclado con pesadillas... que terminaban en un cuartel, no podía escribir porque todo lo que escribía estaba prendido a esta desesperación. Hasta que intenté la re-escritura de El vuelo del tigre, que yo había escrito en La Rioja. Cuando me detuvieron, Irma enterró el original en la huerta, porque si los militares leían además de saquear no me soltaban más. Un cura amigo le dijo a Irma: Hagan desaparecer ese manuscrito. No había copia. Hice una reconstrucción del manuscrito. Cuando volví a La Rioja, los que vivían en la casa habían volteado la higuera, pusieron césped, una pileta de natación... Andá a saber qué pasó con el original.”
“Navíos y borrascas sirvió para recuperar mi capacidad expresiva. Eso y la re-escritura de El vuelo... Ahora la novela que he escrito ya no tiene nada de eso. Es una novela andina, que se desarrolla en un pueblo de la cordillera de los Andes donde un hombre encerrado con un diccionario y una gramática se enfrenta con las palabras para contar la historia de su pueblo que va a desaparecer.”
“Sabés que tenemos cosas en común, vos y yo. Algo de ingleses y protestantes, de vivir en Córdoba, y eso de caer en juzgado de menores de muy joven. Vivíamos en La Falda cuando yo tenía entre cuatro y siete años. Eramos los caseros de unos pastores ingleses que tenían un chalet muy bonito. Mr. Louis Robert y Mr. Clifford. Hablaban un castellano tarzánico. La mujer de Mr. Robert, Emilia, tocaba el armonio y el culto evangélico se hacía en su casa. Nosotros desde antes éramos protestantes..., desde Buenos Aires. Mi madre lo era. Yo nací en Buenos Aires, pero mi familia era de Córdoba.”
“Cuando muere mi madre yo tenía siete años. Entonces mis tías católicas me bautizaron en la Iglesia..., no era bautizado. Ahí me vino el susto porque me dicen usted es un animalito, no se ha bautizado. No entendí nunca lo del pecado original, me llenaba de terror. Todavía me da miedo la religión católica.”
“A mi hermana la mandaron a Alta Gracia con otros tíos. Cuando pude me escapé, porque quería estar cerca de mi hermana. Iba a tercer grado en el Colegio de la Torre. En los recreos jugábamos a la mancha, y el más ágil de todos se llamaba Guevara. Era asmático y tenía un tórax grande. Otro recuerdo que tengo del Che es que un día todo el grupo que jugaba a la mancha fuimos a una casa a robar duraznos, a la siesta. Estábamos robando y se asomó un viejo, que dijo: Lleváos los duraznos pero no me rompáis el árbol. Era Manuel de Falla, que vivía en Los Espinillos, en Alta Gracia. Yo le conté esto a Julio Cortázar. Me dijo, ¿Por qué no lo escribís? No puedo... es como escribir las memorias. Después se lo conté a don Ernesto, en Cuba.”
“Yo nací en Buenos Aires, me llevaron a Córdoba, y luego me fui a La Rioja porque los abuelos de mi padre eran de Olta, de La Rioja. Yo decidí irme de Córdoba a La Rioja, buscando raíces. Mi madre nació en Minas Gerais, cerca de Belo Horizonte. A los diez años la trajeron a la Argentina. Se casó con mi padre (que según él tenía sangre india). Tengo muy pocos recuerdos.”
“Cuando me tuve que enrolar en Córdoba, no tenía documento. Mi padre le había dicho a mi madre: Hay que hacer los trámites para anotarlo a Daniel, pero mi mamá dijo: Daniel está anotado en el cielo, qué me importan los papeles. Estoy anotado en el cielo, con el pastor, pero no en la tierra. Escribimos a Buenos Aires, y nos dijeron que viajáramos. No fui a Buenos Aires, costaba un dineral. Un juez en Córdoba me dijo: Venite con dos testigos falsos, decí que naciste en Córdoba un año antes, y entonces te enrolamos y no te cobramos.”
“Me enrolé a los diecisiete e hice el servicio a los diecinueve. En los papeles figuro nacido en Córdoba, el 6 de octubre del ‘29. Nací en Buenos Aires el 6 de octubre del ‘30. Mis testigos falsos fueron un violinista gallego y un ave negra de esos que andan en los tribunales, que dijo: Yo me ocupé, Sr. Juez, de los servicios de obstetricia. El violinista dijo: Pues mire, yo he estado ahí sentado, leyendo una partitura. Y me puse a tocar el violín, y me dijeron: ¡Ha sido un varón!”
“Mi padre había trabajado en el Ministerio de Obras Públicas, y por ser radical lo echaron cuando Uriburu, en el ‘30. Durante un tiempo estuvimos muy mal.”
“En La Falda, para los carnavales, las murgas cantaban coplas (¡sucias para la época!, ahora son inocentes): La murga caradura / no sabe qué hacer / se pone a fabricar / calzones de mujer. ¡Mirá vos la inocencia! Joaquín se fue / a mear detrás de un convento / vinieron los perros / y le comieron el instrumento. Las coplas las escribía mi papá. Cuando pasaban las murgas Mr. Robert se ponía algodones en los oídos y decía ¡Qué horror! Y mi papá decía ¡Qué horror! ¡Cómo van a seguir así las cosas!... Si el inglés se enterara, decía mi papá. Fue un momento muy agradable, hasta que murió mi madre en 1937. Después de vivir con mis abuelos pasé de tío en tío. Mi padre desapareció. Reapareció años después. Todos los tíos me dieron material para los cuentos... Pasé un tiempo en un reformatorio, y mi hermana en un colegio de monjas, donde nos colocó un tío.”
“De vuelta en casa de mis abuelos maternos, cuando tenía doce años, leíamos La Divina Comedia, en italiano, claro. Yo leí El Quijote, la literatura gauchesca, Don Juan Tenorio. Son las lecturas que más recuerdo, inviernos enteros leyendo. Fui a Córdoba capital para hacer el bachillerato y no lo pude hacer porque no tenía papeles, como te dije. Entonces me iba a la Biblioteca de Córdoba, y leía... mucho. A Lugones. Descubrí la poesía de T. S. Eliot. En Córdoba empecé a escribir poesía. Luego me puse a leer a los autores norteamericanos. Pasé a Chéjov... Y escribía. Luego vendrían los cuentos en Artista de variedades (1960), y La lombriz (1964). Una luz muy lejana (1966) fue mi primer intento de novela. Después vino El monstruo y otros relatos, y El fuego interrumpido (1967). Escribí El oscuro a raíz de los tiempos del general Onganía. Esto me llevó a meterme en la realidad de mi país. Creo que terminé mi ciclo con mi país: lo que tenía que decir ya está dicho. Quiero evadirme de la historia de mi país, que me ha limitado mucho. El oscuro, El trino del diablo (1975), El vuelo del Tigre, son libros sobre los acontecimientos históricos, alguna vez anticipándome, como en El trino del diablo.
“Cortázar decía: escribas lo que escribas nunca vas a dejar de ser argentino, ni de escribir para tu país. Borges permaneció físicamente en la Argentina, pero mentalmente nunca estuvo.”
“Yo le decía a Julio: Mirá, después que dejé Córdoba y me fui a La Rioja, empecé a atisbar esta entelequia que es América latina. Yo necesito a América latina: necesito que exista, porque no soy ni italiano como mi abuelo, ni indio como mi padre. Soy mezcla. Necesito mi identidad, no a nivel literario, la necesito como persona. Le decía a Julio, me siento mucho más cerca de Rulfo que de vos o de Borges. A Borges lo admiro y a vos te quiero, le decía a Julio. Rulfo me dice más.”
“Sabés que el Cacho (el escritor, Mario Paoletti) cuenta por ahí la historia de cómo me reconcilié con mi suegro. Es graciosa, te hago la síntesis: mis suegros son de origen piamontés y tuve que raptarla a Irma porque no me dejaban casar con ella. Decían que yo no era nativo y que no tenía vacas. Nos fuimos a vivir a La Rioja, pero al año nos reconciliamos, cuando nació nuestro hijo, Ricardo. A mi suegro no le gustaba que yo fuera escritor, porque él vinculaba la literatura con la bohemia y la pobreza. La cocina nuestra daba al oeste, y no sé por qué entraban por ahí muchas moscas, un problema cuando había un niño en casa. Entonces le dije al abuelo: vamos a convertir la puerta al patio en ventana, y abrir una puerta al comedor. Mi suegro pensaba que eso nos iba a llevar mucho tiempo. Le dije Lo hacemos hoy. Lo puse de peón... traiga esto... mezcle el cemento. El piso no me gustaba, y le digo: vamos a estucar. No, dice, estucar es difícil. Terminamos a las dos de la mañana. Al otro día venían amigos, poetas riojanos, que todas las noches se reunían en casa. El suegro les dice: Mi yerno es un escritor como ustedes pero no es inútil como ustedes. Mi yerno es un escritor que sabe estucar un piso y poner un ladrillo.”
“El día del golpe de 1976 yo estaba en Córdoba, intentando inscribirme en la Facultad de Filosofía, porque se me había ocurrido estudiar. Cuando regresé a La Rioja había controles como si fuera una ciudad ocupada. Llegué a casa... Me dijeron que habían detenido a casi todos los intelectuales. Muchos eran del diario El Independiente. Además estaba detenido Ramón Eloy López, un poeta, un sacerdote, uno de los tres miembros del Partido Comunista, algunos de la JP y el arquitecto que proyectó la cárcel. Lo metieron en la celda de castigo.”
“Esa noche dormí en casa, sabía que me podían detener. Había sido amenazado por la Triple A, y por LV14, la emisora local. Una locutora estaba leyendo un capítulo por día de El trino del diablo y le dijeron que si seguía leyendo iban a volar la radio. Me amenazaron a mí, recurrí al gobernador, Carlos Menem, y me había puesto custodia policial en casa. Me levanté temprano, estaba preparando mi ingreso a la Facultad con ese placer de entrar por primera vez a esas disciplinas. Abrí un libro y vi que se detenía un auto: eran cuatro, tres caminaron despacio hacia casa.
”Mi hija María Inés, de siete años, dormía, mi hijo Ricardo, que tenía catorce, estaba levantado junto a dos hijos de una familia amiga, y estaba mi mujer. Me apresuré a abrirles la puerta antes de que la derribaran. Era el 25. Pregunté si me podía cambiar de ropa. Dijeron, Sí, pero pronto, y me acompañaron al dormitorio. ¿Llevo documentos? No los va a necesitar, dijo uno. Eso me asustó. Pero no tuve tiempo de tener miedo. Quedé incapaz de reaccionar porque eso era insólito. Yo era periodista, además de escritor, trabajaba para Clarín, y músico y plomero. Me llevaron de casa al cuartel, en silencio. Estaba cerca. Al cuartel entré a los empujones. En un salón enorme estaba media La Rioja de pie, contra la pared (no nos dejaban sentar), con un colchón al lado.”
“Estuvimos desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. Al mediodía trajeron esa polenta asquerosa de las comisarías que nadie quiso comer. Nos hicieron llenar una planilla, una tarjeta, donde teníamos que poner el nombre, profesión e ideología. Nunca me había planteado qué ideología tenía. Pa’ colmo no era ni católico. No sé qué disparate habré puesto. A las seis de la tarde nos arrearon a un autobús..., unas cincuenta personas. Los vidrios estaban tapados con papel pero a través del parabrisas del conductor yo veía la curva que llevaba a la Cárcel Provincial. Nos metieron contra una pared blanca, separados un metro de cada uno, y un hombre dijo: no miren la pared, miren fijo a la arañita (eso lo puse en El vuelo del tigre), busquen una arañita que hay en la pared, y no se miren ni hablen... ¡Las armas son muy celosas y se pueden escapar los tiros! Hicieron ruidos de armas, de sacar los seguros. Había un silencio terrible.”
“Duró, no sé cuánto..., de golpe se oyó una carcajada de treinta personas, una risa mecánica y fingida. Apareció un tipo y nos puso una cuchara, cosa que nunca me explicaré por qué: una cuchara entre el cinturón y el pantalón a cada uno. Y cuando terminaron de poner las cucharas, vino otro y las retiró, y largaron otra carcajada. La cuchara significaría que nos iban a dar de comer. Y no nos daban de comer.” “Fuimos pasando uno por uno, nos preguntaron nombre y profesión, me sacaron los cordones de los zapatos y el cinturón, y con el pantalón en la mano, me empujaron con la culata del rifle. Subimos una escalera hasta una puerta, me dieron un culatazo y me metieron dentro. ¡No entraba luz por ningún lado! Ahí estuve ocho días en esa celda de castigo, y me daban la comida por un cuadradito de quince por quince. A los ocho días, a otro calabozo. Tenía una ventanita y podía ver el patio. Empecé a medir la hora por la sombra del sol. Un pajarito venía todos los días a la misma hora, a la misma teja: lo conté en El vuelo del tigre. Salía con el mismo rumbo todos los días y así quizá toda la Eternidad. Un día viene un carcelero, que era oficial y riojano, y me dice Oiga, profesor –debía ser pariente de algún alumno del Conservatorio–, quiero decirle que su familia está bien.”
“Me enteré de que mis libros los secuestraron de la librería Riojana y los quemaron en el cuartel, junto con los de Cortázar y Neruda. Qué honor.”
“Bajé siete kilos en doce días: hacía gimnasia a escondidas. Cuando me dijeron que podía abandonar la provincia me fui a Buenos Aires, gestioné mi pasaporte, volví a La Rioja y en una semana levanté mi casa. Volvimos todos a Buenos Aires a esperar el barco. El 24 de mayo de 1976, tomamos el ‘Cristóforo Colombo’, y el 8 de junio comenzó el exilio en Barcelona.”
“Como te contaba, decía Di Benedetto: el exilio no tiene regreso.”

martes, 23 de mayo de 2017

TRES TRISTES TIGRES


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por Antonio J. Ponte

Una tarde habanera de 1965 están Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante frente a un grabado antiguo. Lo examinan. El grabado cuelga detrás del escritorio de Carpentier, en su oficina de director de la Imprenta Nacional. Desde ese puesto ha publicado un montón de clásicos de los cuales alardea, entre ellos un Moby Dick despojado de sus muchas alusiones religiosas. Cabrera Infante tiene noticias de esa censura, pero “no ha venido a antagonizar a Carpentier, sino a visitarlo”.
En el grabado hay unos efebos en una balsa rodeada de tiburones. Son una premonición de balseros, podría decirse. Carpentier le hace notar a Cabrera Infante que aquello que se ve al fondo es La Habana. Los dos grandes noveladores de esa ciudad reconocen en el grabado la silueta del Morro. Alejo Carpentier acaba de publicar El siglo de las luces, que goza del favor de las autoridades hasta el punto de que Raúl Castro ha ordenado una edición para el ejército. Sin embargo, lo regañan por un capítulo de su próxima novela, centrada en el proceso revolucionario, y terminará desechando tal proyecto.
Cabrera Infante saca sus conclusiones de ese caso: de quedarse allí estaría expuesto, con muchas más razones que Carpentier, a la censura revolucionaria. Si regresó a La Habana fue para el entierro de su madre, ha intentado volver a Europa y lo han bajado del avión sin ofrecerle razones, por kafkiana burocracia. La Habana comienza a ser su trampa y comienza a ser la capital literaria que terminará discutiéndole a Carpentier, por mucho que ahora se proponga no antagonizar con él. Porque allí, entrampado y luchando por salir, esbozará la versión definitiva de Tres tristes tigres.
Un año antes ha recibido en Barcelona el Premio Biblioteca Breve por una versión anterior, con otro título, de esa novela. Tiene publicado hasta el momento un libro de cuentos y una compilación de sus reseñas cinematográficas de la revista Carteles. No son simples reseñas, él ha hecho por la crítica de cine lo que Borges por la de libros. Ha leído bien a Borges. En La Habana de 1965 comprende que esa primera novela suya no puede publicarse tal como se la premiaron. Porque lo que en verdad debe contar no es la clandestinidad revolucionaria en La Habana, sino la ciudad que ha perdido. No las bombas de unos comandos, sino las bombas sexuales y cabareteras de la ciudad nocturna. A lo que habría que agregar la negativa de la censura franquista.
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El Ministerio de Información y Turismo ha prohibido al editor Carlos Barral la publicación de ese libro primigenio, Vista del amanecer en el trópico. El informe oficial habla de “tendencia marxista esencial en la intención del autor”. De modo que hay que intentarlo otra vez, y es ahí donde entran los tigres. Los tigres y la reescritura. De aquella novela original sobreviven un centenar de páginas y se escriben unas trescientas nuevas. Paradójicamente, su autor se beneficiará de las prohibiciones de dos policías del pensamiento, la de Francisco Franco y la de Fidel Castro.
Si escribe Tres tristes tigres tal como lo conocemos sus lectores es por haber padecido la cerrazón del régimen revolucionario cubano. Porque fue censurado un cortometraje producido por él, clausuraron el suplemento literario que dirigía, le ofrecieron como salida un puesto diplomático en Bélgica y, al volver para el entierro de su madre, encuentra que La Habana ha sido clausurada también. Los habaneros con los que se encuentra son más zombis que tigres, y él no quiere terminar como ha terminado Carpentier, censor de Melville y censurado él mismo.
Si escribe Tres tristes tigres es también porque el régimen franquista objeta la glorificación de la Revolución Cubana de la versión original. Una más benigna nueva Ley de Prensa e Imprenta, la de 1966, permite insistir ante la censura. Carlos Barral pide a Cabrera Infante que escriba al Director General de Información una carta exculpatoria. Cabrera Infante escribe a su censor: “El libro antiguo era una muestra un tanto fácil de literatura ‘comprometida’ –compromiso con un tiempo y una causa y unos hombres, todos pasajeros”. El propio Barral se ve obligado a despedirse del jefe franquista deseándole larga vida: “Es gracia que espero alcanzar del recto proceder de V. E. cuya vida guarde Dios por muchos años”.
Con este nuevo intento la novela rebasa el examen, no sin recortes. Cortan, en nombre de la moral católica, todas las tetas que aparecen. Cortan alusiones al mundo militar, a un deicidio y, muy especialmente, cortan las frases finales del texto. Las pronunciaba una mujer enloquecida, su monólogo iba a perderse en alusiones al catolicismo y es ahí mismo donde la tijera del censor suelta su chasquido, interrumpe a la loca y da a la novela un final memorable. “Ya no se puede más”, reza la última frase permitida.
El funcionario del Ministerio de Información y Turismo deviene en este punto excelente editor literario. Años más tarde, reeditada la novela con las incorporaciones de lo que fuera suprimido, su autor respetará el final creado por aquel censor. Cabrera Infante llega a recordarlo baudelerianamente: “¡Ah, mi querido censor! Cuánto me habría gustado conocerlo, usted que es mi hermano, mi semejante, mi hipócrita lector. Después de todo, ¡los dos hemos escrito el mismo libro!”.
Al final, la presentación de la novela en Barcelona le vale de coartada para salir de Cuba, a donde no volverá nunca. Puede ya considerarse un exiliado político, aunque tendrá la precaución de no reconocerlo en público por el momento. Pues luego de lidiar con las censuras castrista y franquista, le toca sortear la censura del progresismo español y latinoamericano. Ahora que podría considerársele un apóstata, Carlos Barral no muestra ya el mismo entusiasmo que antes para publicarlo, y tienen que persuadirlo Juan Goytisolo y Emir Rodríguez Monegal.

Al año siguiente de publicarse la novela, en una entrevista de Tomás Eloy Martínez publicada en Primera Plana, Cabrera Infante anuncia su ruptura con el régimen castrista. Barral le responde con una carta llena de insultos y rompen relaciones. “El sentimiento de asco es mutuo”, reconoce el novelista, que cita esta advertencia final de quien fuera su editor: “Comunico esta carta... a la Casa de las Américas, a los que seguramente extrañaría mi silencio”. En Barcelona, Barral parece vivir bajo sujeciones no muy distintas a las de Carpentier allá en La Habana. Tal como afirmara Orwell y recuerda Cabrera Infante, no hay que vivir en un país totalitario para dejarse corromper por el totalitarismo.
Julio Cortázar rompe su amistad con él. Vargas Llosa comenta en carta a Carlos Fuentes que le han producido escalofríos “las indecentes frivolidades contra la Revolución de nuestro amigo Guillermo”. Del castrismo no se admite la posibilidad de un exilio. Pocos años después, Juan Benet lamenta que Solzhenitsyn haya podido salir del gulag. El novelista ruso visita en 1976 una España sin Franco, aunque aún con franquismo, y concluye que aquello no puede ser una dictadura. “¿Saben ustedes lo que es una dictadura?”, suelta en televisión. El, que ha visto revistas extranjeras en los estanquillos de Madrid y ciudadanos españoles con libertad de movimiento, cae en el vicio de comparar dictaduras, cae en la tiranología comparada. Ni Solzhenitsyn ni Benet admiten la dictadura que le correspondiera al otro, aunque si el primero yerra por unas pocas señales de libertad, el segundo aboga abiertamente por una mayor represión. “Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Solzhenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir”, admite. “Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Solzhenitsin no puedan salir de ellos”.
Benet aconseja más celo a la policía soviética, Barral rinde cuentas a la policía de Casa de las Américas. Hasta ver publicada su novela, Cabrera Infante tiene que cuidarse de la simpatía del progresismo por los carceleros comunistas. Y podría estar burlándose de ellos, de carceleros y progresistas, en una sección principal de Tres tristes tigres: “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después –o antes”.
Se trata del más raro artefacto de ese libro, donde José Martí, José Lezama Lima, Lydia Cabrera, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén narran el asesinato perpetrado por Ramón Mercader. Es, a la vez, la construcción de un panteón literario nacional y un proceso de autocanonización. El ha descubierto en la recepcionista de la embajada cubana en París a la madre de Ramón Mercader, cómplice del asesinato de Trotski. Caridad Mercader, nacida en Santiago de Cuba y crecida en Barcelona, es protegida secreta del castrismo. El propio Mercader terminará su vida en La Habana. En la figura del asesino de Trotski se entrelazan Cuba y Barcelona, el celo criminal revolucionario y la simpatía intelectual por los totalitarismos, los insultos que le dedica Barral y la diligencia que muestra Barral en notificarse ante los comisarios políticos del castrismo.
No resulta casual que la más extensa de esas parodias corresponda a Alejo Carpentier. Cabrera Infante debió entender que, de todos los maestros a homenajear y batir, era Carpentier con quien tenía que vérselas más particularmente. Admira El acoso y Los pasos perdidos, pero asegura no haber podido leer El siglo de las luces: “Me rechazó la misma enumeración exhaustiva que me lanzó a parodiarla. Sé, sin embargo, que a Alejo lo acosó mi parodia y se vio náufrago en una balsa literaria, amenazado por un solo tiburón lejos del Morro”.
Volvía al grabado que los dos compartieran en su último encuentro en La Habana. Hace cincuenta años, Guillermo Cabrera Infante mostró suma astucia para sortear los embates de tres censuras políticas y publicar su primera novela. La editorial Seix Barral festeja este cincuentenario con una edición de Tres tristes tigres que incluye el historial de las gestiones ante una de esas censuras, la franquista.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Osvaldo Soriano: veinte años sin su genio


Convertido en uno de los escritores más leídos de la Argentina, Soriano murió a los 54 años, víctima de un cáncer de pulmón. Dejó una extensa obra literaria y un corpus periodístico en el que se destacan su lúcida visión del país.

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Osvaldo Soriano (Mar del Plata 1943-Buenos Aires 1997), autor de las novelas “Triste, solitario y final” (1973), “No habrá más penas ni olvido” (1978) y “Cuarteles de invierno” (1980), dejó su huella en la literatura argentina con una obra en la que buscó construir la voz de “perdedores solitarios” para indagar en “una visión irónica de lo que deja la realidad” y a veinte años de su muerte, sigue siendo uno de los escritores más leídos de la Argentina. 
Convertido en uno de los escritores más leídos de la Argentina, Soriano murió el 29 de enero de 1997 a los 54 años, víctima de un cáncer de pulmón, dejando una extensa obra literaria y un corpus periodístico en el que se destacan sus crónicas sobre la pelea del 30 de octubre de 1974 en la que Muhammad Alí enfrentó y le ganó una pelea a un George Foreman de 25 años con 40 peleas invicto y amplio favorito, por nocaut al final del octavo round. 
“El éxito verdadero es el cumplimiento de algunos de nuestros sueños y al fin de cuentas el único éxito es la felicidad, que es también la primera utopía”, aseguraba Soriano en una entrevista realizada por Pacho O´Donnell en 1996 y emitida por Canal Encuentro en 2016, en la que se definía como “un ser poco social” y delineaba algunas constantes de su obra: “los perdedores solitarios” y “la visión irónica de lo que deja la realidad”. 
“El gordo”, como lo llamaban sus amigos, había vivido en Tandil pero su infancia había estado atravesada por los viajes de su padre José Vicente Soriano, inspector de Obras Sanitarias, por distintos pueblos de la provincia de Buenos Aires hasta que en 1953, cuando tenía 10 años, ese itinerario se detuvo en la ciudad de Cipolletti, en la provincia de Río Negro. 
Los paisajes, las vivencias de esos días en lugares del sur estuvieron presentes más tarde en sus novelas ya que Cipolletti, Allen, Barda del Medio, Neuquén y Plaza Huincul, fueron territorios elegidos para sus ficciones.
Soriano vivió en la ciudad ubicada en el oeste rionegrino hasta mediados de los 60 cuando, ya comenzando su juventud, volvió a vivir a Tandil que fue un destino previo a su llegada, en 1969 durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, a la ciudad de Buenos Aires con 26 años. 
El hijo de ese trabajador de Obras Sanitarias y de la tandilense Eugenia Goñi dejó el secundario en tercer año y comenzó a trabajar como embalador de manzanas, mientras jugaba al fútbol y soñaba con dedicarse profesionalmente a ese deporte. 
Más tarde hizo su ingreso a la metalúrgica Tandil, donde trabajaba como sereno durante la noche, y allí comenzó a escribir sus primeros cuentos. De esa manera incorporó un ritual que lo acompañaría siempre: escribir durante la noche. Según relataba, escribía hasta la madrugada y leía los diarios antes de irse a dormir.
Si bien su vínculo con el periodismo comenzó en esa ciudad, cuando publicaba columnas en el diario El Eco de Tandil, se consolidó cuando se convirtió en redactor de la revista Primera Plana. Después llegaron sus escritos en Confirmado y en los diarios Noticias, El Cronista y La Opinión. Además ejerció como corresponsal de Il Manifiesto italiano y fue uno de los fundadores del diario Página/12, donde trabajó como asesor de directorio y firmó como columnista de contratapas.
En una entrevista que le hizo Mempo Giardinelli en 1992 y que está publicada en el libro “Cómo se escribe un cuento”, Soriano confesó que “El largo adiós”, del estadounidense Raymond Chandler, había sido “la puerta de la literatura” porque aseguraba que “aquel día de 1972 en que leí 'El largo adiós' se me abrió el mundo. Ahí encontré la manera de contar ese material de Triste... con el que antes los abrumaba a ustedes en los bares”.
“Yo creo que me parezco mucho a él en algo: en el temperamento pasional. Ese temperamento que le hacía decir, cuando se atacaba tanto a Hemingway, que un hombre con talento, un hombre de genio, cuando ya no tiene con qué tirar, tira con el corazón”, rememoraba en la entrevista en la que también reconocía no haber leído “prácticamente nada” durante su infancia porque señalaba que en Cipolletti, donde vivió entre 1956 y 1959 por el trabajo de su padre en Aguas Sanitarias, “no había librería, como no habían asfalto ni cloacas”. 
Soriano decía que los libros que habían llegado a sus manos eran “libros técnicos” sobre “electrónica, arquitectura”, que eran los que estaban en la biblioteca de su padre, y recordaba “haber pedido por correo un libro de (Ricardo Lorenzo) Borocotó sobre un chico que jugaba al fútbol”.
Más tarde, ya en Tandil, llegó por recomendación del novio de una prima llamado Juan Campagnole, a la novela de ciencia ficción “Soy leyenda”, de Richard Mathieson, a la que se refería como “el primer libro” que había leído en su “vida”.
Su primera novela “Triste, solitario y final” se publicó en 1973, cuando tenía 30 años, y fue traducida a doce idiomas. En esas páginas Stan Laurel, el actor que protagonizó junto a Oliver Hardy la legendaria serie “El Gordo y el Flaco”, cree que llegó el final de su carrera como cómico y entonces recurre a Philip Marlowe, el detective creado por el escritor norteamericano Raymond Chandler para entender las causas. 
A medida que avanza la trama, crecen los cruces entre mundos de ficción y las aventuras entre sus personajes y aparece un periodista argentino llamado Soriano que viaja a Estados Unidos y termina construyendo una amistad con Marlowe. 
En 1976, tres años después de la publicación de su primera novela y con el comienzo de la dictadura cívico militar en Argentina, el escritor y periodista debe exiliarse y se instala primero en Bruselas y luego en París.
Al exilio se llevó el borrador de la novela “No habrá más penas ni olvido”, que se publicó en 1978. En esos años también publicó “Cuarteles de invierno” y el libro que reúne 16 crónicas y relatos personales, publicadas entre 1971 y 1975, “Artistas, locos y criminales”.
En Bruselas conoció a Catherine Brucher, una enfermera que vivía en la ciudad de Estrasburgo, con quien compartió su exilio en París, más tarde se casó, regresó a la Argentina con la vuelta de la democracia y tuvo a su hijo llamado Manuel. 
Compartía un ritual con Osvaldo Bayer, David Viñas, León Rozitchner y Tito Cossa que se repetía todos los jueves por la noche en la casa de Bayer, con quien Soriano atravesó el tiempo del exilio en Bruselas y París a través de cartas que se enviaron durante casi 8 años que ambos estuvieron fuera del país.
Bayer, que todavía guarda las cartas que intercambiaban por esos días, al cumplirse 10 años de su muerte lo definió como “descubridor de sombras, arlequines, figurones, galanes, pero también de soñadores que patean constantemente al egoísmo y meten goles en el cielo”.
Con la vuela de la democracia, sus novelas fueron llevadas al cine: “No habrá más penas ni olvido” (1983), y “Una sombra ya pronto serás” (1994), dirigidas por Héctor Olivera, y “Cuarteles de invierno” (1984), dirigida por Lautaro Murúa. Los personajes ideados por Soriano fueron interpretados por actores reconocidos como Miguel Ángel Solá, Federico Luppi, Ulises Dumont y Rodolfo Ranni. 
Soriano regresó definitivamente al país en 1984 y se instaló en Buenos Aires donde escribió y firmó desde mayo de 1987 hasta el 27 de julio de 1996 contratapas del diario Página 12, entre las que estaba la sección “Llamada Internacional”, en la que trazaba su mirada sobre la política nacional con una conversación telefónica de un corresponsal que escribía por encargo sobre el menemismo.
El escritor nunca dejó de escribir ficción, publicó en vida siete novelas y cuatro libros de recopilación de sus artículos; el último, “Piratas, fantasmas y dinosaurios”, llegó a las librerías en noviembre del 96, dos meses antes de su muerte. Su última novela fue “La hora sin sombra” (1995), dedicada a su padre. 
En 1984 publicó “A sus plantas rendido un león”, situada en el comienzo de la guerra de Malvinas y en Bongwutsi, un país del África en el que un cónsul argentino libra su propia batalla contra Inglaterra; y cinco años más tarde “Una sombra ya pronto serás”, una historia de personajes trágicos acorralados por la pobreza.
En el prólogo de la novela que se publicó en 1990, Guillermo Saccomanno decía que “leerla es como consultar al médico que nos diagnosticó una enfermedad incurable”.
En 1993 llega “Cuentos de los años felices”, una selección de historias cortas que Soriano había publicado en Página 12 y fueron reeditados en 2013 por Seix Barral, como parte de la Biblioteca Soriano, un espacio que el sello le dedica a la totalidad de la obra de uno de los autores más leídos en el país, y traducido a 18 idiomas.
El español Arturo Pérez- Reverte dijo en varias oportunidades que si se quiere comprender la Argentina, Soriano es uno de los autores que hay que leer. A su vez, para Guillermo Saccomanno, representaba un fenómeno maldito para mucha intelectualidad nacional. 
En una entrevista concedida a la Televisión Pública en 1992 Soriano aseguraba que su idea era “llevar al extremo a un personaje común” y aseguraba que en sus libros había “personas comunes puestas en una situación límite”. 
Decía que no le interesaba saber por qué se vendían tanto sus libros: “A veces cuando estoy muy confundido me pregunto que hubieran hecho (Carlos) Gardel o (Adolfo) Bioy Casares en mi lugar. Son mis modelos de conducta”. Para él eran “figuras” a las que les había pasado “todo lo mejor y siempre fueron los mismos”. 
El nombre de Soriano, amante de los gatos, cinéfilo y apasionado por el boxeo y el fútbol, es no solo el de uno de los autores más leídos de la Argentina sino también el de la sala de prensa del club del que era fanático, San Lorenzo de Almagro; el de una biblioteca inaugurada por un grupo de hinchas del “Ciclón” en una casa ubicada enfrente de donde estaba el viejo Gasómetro y el Premio Municipal de Literatura de Mar del Plata, la ciudad en la que había nacido. 

Osvaldo Soriano: indispensable para entender los años 90

Una mirada actual al novelista que mandaba en los años 90, el que fue bestseller con cada una de sus siete novelas. 
A 20 años de su muerte.
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por Ulises Rodriguez
“Si el fracaso me llegara pensaría que el momento pasó y que la sociedad cambió. A los escritores se los puede llevar el viento, en general, en un cambio de sociedad”. Osvaldo Soriano dijo esta frase en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en 1996, en una charla con los alumnos, que hace una década suscitó una polémica tardía. El hombre que decía haber entrado a la literatura “por la ventana” se formó en las redacciones de Primera Plana y el diario La Opinión. Publicó siete novelas -entre ellas, Triste, solitario y final (1973), No habrá más penas ni olvido (1978) y A sus plantas rendido un león (1986)-, seis recopilaciones de crónicas y relatos, un cuento para niños, libros en colaboración y prólogos para otros escritores.
A 20 años de su muerte, el 29 de enero de 1997, la obra de Soriano es leída hoy desde otro lugar. Restaría saber si el autor que supo ser el argentino que más vendía en los 90, conoció el fracaso: tan recurrente en sus personajes y tan temido por él.
¿Cuál sería la vara para medirlo? ¿Las ventas de sus libros? ¿El reconocimiento de sus pares? ¿Los homenajes? ¿La influencia en autores de nuevas generaciones?
Los libros de Soriano se siguen vendiendo. No es la cifra altísima de los 90 y no todas sus obras, publicadas por Seix Barral, se consiguen en las librerías. “El año pasado habremos vendido no más de 10 ejemplares de Soriano. En gran parte no está disponible desde la editorial”, explica Ezequiel Leder Kremer, director de la librería Hernández.
En contraste, Armando Lucas, dueño de librería Lucas, dedicada a saldos y usados, revela que “apenas cae un libro de Soriano se vende, no duran ni una semana; y cuando están en saldos la venta es inmediata”. Ambos coinciden en que el libro más buscado es Artistas, locos y criminales, una reedición de artículos periodísticos.
El autor tenía tanto éxito que en 1995 la editorial Norma pagó 500.000 dólares por toda su obra. Tras sumuerte las ventas declinaron: en 2003 Seix Barral se quedó con los derechos por 120.000 y lanzó una reedición con prólogos de distintos autores y nuevas tapas. Participaron Tomás Eloy Martínez Osvaldo Bayer, Eduardo Galeano y Miguel Rep, entre otros.
Hoy, el reconocimiento sigue intacto en sus lectores. La biblioteca y la sala de prensa de su querido Club San Lorenzo de Almagro, una plaza en la ciudad de Tandil -donde vivió parte de su juventud-, un centro cultural y un concurso literario en Mar del Plata, donde nació, también le rinden honor. Y hasta el club italiano Osvaldo Soriano Football Club, fundado por escritores, le rinde tributo.
Tal vez sea más difícil encontrar escritores que lo invoquen en la actualidad. Se puede definir el estilo de Soriano como un grotesco cargado de humor, con reminiscencias del policial negro en sus tramas.
La suya es una visión política de ideología marcada, de aventuras absurdas, cuyas otras marcas son los diálogos con frases cortas y esos finales de historieta que fue su lectura nutriente en la juventud “¿Los herederos? Quizás podríamos pensar en Eduardo Sacheri, Claudia Piñeiro, Sergio Olguín y Hernán Casciari, con la diferencia de que ninguno de ellos aspira a ser canónico como Soriano”, dice la periodista Hinde Pomeraniec, docente en los años 90 y responsable del ciclo de encuentros en la UBA.
El periodista Ángel Berlanga, compilador de su obra periodística y biógrafo de Soriano, observa que “no es fácil dar con un autor que fusione el humor y la ironía con la política; el policial con el cómic y el cine; la historia argentina con el fútbol, con una voz propia, con un estilo tan identificatorio”.
Para el escritor Juan Forn, joven e influyente editor en los años 90, uno de los autores que hoy transita por las huellas de Soriano es Leonardo Oyola. El autor de la novela Kriptonita, llevada al cine por Nicanor Loreti, lo toma como “un piropo” y desde lo literario siente a Soriano “como si fuera un gran amigo”.
El estilo sencillo de su escritura, como si se tratara de una charla de café, las polémicas sobre el escritor popular/escritor populista -en gran parte alimentadas por él mismo-, y una obra cargada de obsesiones personales, gatos, cábalas, guiños cómplices con sus lectores conforman ese todo que en vida fue Soriano. El novelista que no se dejaba ver de día se mostraba iluminado por sus personajes. En los más oscuros, débiles y fracasados, nunca en los galanes y campeones. Ese es el rincón del cuadrilátero que eligió Soriano y dónde encontrarlo.
Un indiscutido en discusiones A estas alturas, la controversia de si el autor fue ninguneado en las aulas de Filosofía y Letras es cosa del pasado. Según el escritor Martín Kohan “alguien ubicó la novela Cuarteles de invierno entre el realismo y la cultura popular”. En su momento, Beatriz Sarlo subrayó que el horizonte de referencia en su obra “no era el de la cultura popular, sino el de la cultura de masas”.
En el plano futbolístico, terreno en el que el “Gordo” dirimía sus cuestiones, sería como decidir quiénes juegan en el equipo y quiénes quedan afuera. Una especie de seleccionado de escritores de todos los tiempos, donde siempre habrá lugar para la disconformidad de un sector y los debates.
Si el hombre que alimentó su literatura de fútbol, peronismo, humor, soledad, fracasos y los avatares de su padre integra o no el canon literario argentino es un deb ate para el futuro. Tal vez los académicos que deciden el canon no sean los mismos de hace dos décadas y Soriano se calce, como describió Hinde Pomeraniec, “la camiseta número 9 de una hipotética selección de la literatura argentina”, en la que según Soriano, “Bioy Casares era el número 10”.
Cuando aún hay opiniones dispares entre los que celebran su obra como metáfora de la realidad argentina en la imaginaria Colonia Vela y quienes lo critican por su simpleza narrativa y lo califican como previsible y efectista, lo innegable es el lugar de Osvaldo Soriano en la historia del periodismo y la literatura

OSVALDO SORIANO

Se cumplen dos décadas de la muerte de Osvaldo Soriano. Buena ocasión para echar por tierra un (otro) mito urbano: que sus libros nunca tuvieron entrada en la Facultad de Filosofía y Letras. Martín Kohan recuerda que fue objeto de estudio en un seminario de grado dictado por Beatriz Sarlo en 1988.
Osvaldo Soriano
por Martin Kohan
Cuarteles de invierno fue el primer libro de Osvaldo Soriano que yo leí. Lo leí hace mucho tiempo, en 1988, cuando cursaba la carrera de Letras; más concretamente, en el marco de un seminario de grado que dictó la profesora Beatriz Sarlo. Me sentí por eso mismo francamente desconcertado cuando, algunos años después, en más de una ocasión e incluso en medios de comunicación de relevancia, me encontré con la furibunda acusación según la cual la profesora Sarlo había obstruido, si es que no directamente impedido, el acceso de la literatura de Soriano a los cursos y a las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (o, en los términos esgrimidos por aquellos vengadores rabiosos: a “la Academia”, pues así es como lo dijeron, sin importarles que la UBA no es sino una parte del ámbito académico nacional, y tampoco que la profesora Sarlo era apenas una, si bien descollante, entre los docentes de la Facultad). ¿Cómo explicarse esa tan burda falsificación de los hechos, ese gusto por tergiversar y pasar de inmediato a los ajusticiamientos sumarios? No hallé otra explicación que la siguiente: que a veces, incluso en los medios, se dicen mentiras.
Recuerdo que en aquel seminario del año 88, alguien ubicó la novela de Osvaldo Soriano entre el realismo y la cultura popular, y a todos, en un principio, nos pareció razonable el planteo. Pero entonces intervino Beatriz Sarlo. Y lo hizo para especificar que no había para ella en Soriano ese discurso en grado uno que el realismo pretende así sea como efecto, que Soriano trabajaba más bien con representaciones de representaciones previas, sobrecodificando tanto las tramas como los personajes. Y que su horizonte de referencia no era el de la cultura popular, sino el de la cultura de masas, distinción ideológicamente crucial que no había que pasar por alto. Luego yo leí Triste, solitario y final, leí No habrá más penas ni olvido, leí El ojo de la patria, leí A sus plantas rendido un león, y el doble encuadre de Sarlo me resultó cada vez más certero y provechoso.
A lo largo de aquel seminario, la novela de Soriano se fue articulando con el realismo picaresco de Flores robadas en los jardines de Quilmes, de Jorge Asís (y ahí sí se habló de realismo), con la resistencia a los facilismos de la industria cultural de Saer (en las antípodas de Soriano), con la interrogación por la verdad y la historia de Respiración artificial, de Ricardo Piglia (lo contrario de darlas por sentadas, como en Soriano), con la monumentalidad narrativa de Cuerpo a cuerpo, de David Viñas (lejos de la ágil y cordial llaneza narrativa de Soriano), con la elaboración literaria de un imaginario massmediático en El beso de la mujer araña, de Manuel Puig (tan distinta de la inscripción de Soriano en una esfera análoga), entre varios otros autores (Andrés Rivera, Juan Martini, Héctor Tizón, Marcelo Cohen).
Me pareció en aquel momento, y me sigue pareciendo ahora, que la de Sarlo fue una de las mejores consideraciones críticas acerca de Osvaldo Soriano, una de las más exactas e inteligentes. Muy superior, por lo pronto, al hábito rutinario de homenajes forjados con elogios huecos, en los que el jugoso anecdotario personal (es decir, con otras palabras, el amiguismo) decide la valoración literaria y mezcla premeditadamente argumentos con emociones, legitimación crítica con palmoteos en la espalda. Es cierto que en el enfoque de Sarlo la apuesta al canon se orientaba marcadamente hacia la obra de Saer, criterio que al menos a mí me persuadió tanto como me deslumbró Glosa (puede que la mejor novela política argentina de la segunda mitad del siglo XX). Pero eso es perfectamente válido, ya que la crítica nunca es neutral, y en cualquier caso nada tiene que ver con las presuntas interdicciones expulsivas, en nombre de las cuales se han encendido páginas de hogueras.
A veces la paranoia (que alucina elitismos y se lanza a apalearlos con furia), a veces un clasismo pifiado (que supone oligarquías donde en verdad se trabaja por salarios más bien míseros), a veces un psicologismo ramplón (que en nombre del tan recurrido “mercado” da en pensar que el que vende bien, el que prospera en el comercio, ha de despertar envidia en todos los demás) y a veces la pura difamación (empezando por el interesado que, según reveló Hinde Pomeraniec en su momento, gustaba de las mentirillas) entorpecieron a menudo el debate literario. Una práctica que, bien llevada y siendo honestos, suele ser enriquecedora.

domingo, 8 de enero de 2017

Mirar al otro

por Paula Pérez Alonso
Si uno mira un puñado de fotos de este hombre con tremenda pinta y carisma piensa que podría haber sido un actor. Cuando lee en público, Berger lee con todo el cuerpo: es un escritor muy físico y expresivo. Comenzó como pintor pero después fue dibujante, cuentista, novelista, crítico de arte, ensayista, poeta, traductor, guionista de cine, fotógrafo, creador y protagonista de un programa de televisión que revolucionó la mirada sobre el arte, trabajador a la par de sus amigos campesinos al sur de los Alpes franceses, actor ocasional. 
Uno de los temas recurrentes en sus libros fue los desplazados, los migrantes, el exilio. Él mismo fue un nómade, de Londres se mudó a un pueblo en Alta Saboya para estar comunicado con el resto del mundo (sospecho que Inglaterra le resultaba demasiado insular y exclusiva) y más cerca del hombre común, labrador de la tierra. Iba de Quincy a París, de París a Londres, viajaba para encontrarse con amigos o a participar de cuestiones políticas que lo convocaban, como el establecimiento de un Estado palestino, una causa por la que siempre se pronunció con fuerza. Lo veo andando en moto hasta los ochenta y cinco años y recuerdo mi experiencia al recorrer el desierto de Atacama hasta el Pacífico: la enorme sensación de falta de mediación con lo que observaba, de ser parte del paisaje que me rodeaba. Esa falta de mediación que Berger proponía cuando instaba a mirar el arte sin el ropaje de la cultura y las convenciones, o a acercarse a las personas lo más posible, a mirar con mayor detalle, lo microscópico y lo macroscópico al mismo tiempo. Esa apertura que él practicaba porque el otro le resultaba siempre más interesante que él mismo y se resistía a las narraciones autobiográficas, ensimismadas o abstractas, cuando había tanto atractivo ahí afuera en el mundo real que merecía ser registrado, contado o mostrado. También practicaba ese estado de abierto al admitir otras interpretaciones, voces, intercepciones, miradas que enriquecieran la suya. Una estética como una ética, como reclamaba Foucault.
El hombre en el centro de la escena y de la percepción, su preocupación constante. Estudió Bellas Artes en Londres, pero en 1944 se enroló en el ejército y convivió con soldados que casi no sabían leer ni escribir y él les escribía las cartas a las novias o a las familias; lo impresionaron sus vidas humildes y anónimas. Cuando la guerra terminó, enseñó dibujo y empezó a escribir crítica de arte porque se dio cuenta de que el artista rara vez sabe lo que está haciendo. Su manera disruptiva de mirar el arte que plasmó en Modos de ver, un programa de la BBC dividido en cuatro capítulos muy compactos con un presupuesto mínimo, irrumpió para pelear contra el pensamiento único exhibido por Sir Kennneth Clarke y su programa Civilización de fines de los 60 y presupuesto enorme, para quien la civilización era occidental y cristiana y el resto casi no merecía llamarse “civilización”. Berger venía a disputar el campo a esa visión del mundo; su programa revolucionó la tv y se hicieron libros con ese mismo título a partir del guión. Iniciaba su poética del mirar.
El proyecto que él situaba en la Revolución Francesa se había incrustado en el fracaso con las masacres del siglo XX, que se continuaron en este siglo. Todos sus textos son políticos, quiere molestar al orden económico mundial, a los poderosos, y no deja de visibilizar a los desposeídos, los vulnerables, a los afligidos, él es parte de la lucha por la justicia y la dignidad. Como Pasolini, que él mismo cita en su ensayo sobre Géricault en El tamaño de una bolsa: “Tras todo lo que imaginó y pintó Géricault –desde sus caballos salvajes a los mendigos que recopiló en Londres–, uno percibe un mismo voto: me enfrentaré a la aflicción, descubriré un respeto por ella y, si es posible, encontraré su belleza”. Y continúa: “Naturalmente, la belleza que esperaba encontrar significaba dar la espalda a la mayor parte de la piedad oficial. Tenía mucho en común con Pasolini”. (“Me obligo a comprenderlo todo / y nada sé de vidas ajenas / hasta que desespero de nostalgia, / y consigo imaginar la experiencia / de otra vida por completo. Soy todo / compasión, pero quisiera que fuese / diferente el camino de mi amor / por esta realidad, cabría entonces / amar a las personas, de una en una”)
Cuando hace crítica de arte cuestiona las convenciones, obliga a mirar de nuevo, desprovistos de la “naturalidad” de la educación, alienta el escepticisimo, la crítica, contagia su espíritu investigativo. Con respecto al trabajo del artista –dibujo, escritura, fotografía– aplica la misma clave: “Para el artista dibujar es descubrir. No es una frase bonita, es literalmente cierto”. En su primera novela de 1958, Un pintor de hoy, dice el personaje Janos Lavin: “Casi todos los artistas pueden dibujar cuando descubren algo. Pero dibujar para descubrir, ese es un proceso divino (…) La fuerza del color no es nada al lado de la fuerza de la línea”. Lo intrigan el misterio y la opacidad de los objetos, del trazado del dibujo. Porque la base de la pintura y de la escultura es el dibujo, lo que se tiene más a mano. Del mismo modo, qué es escribir si no darle forma a las letras que conocemos buscando nuevas resonancias, trazando posibilidades, ritmos. Escribir para descubrir, esa es la gran aventura. Cuando escribe poesía se pregunta por lo que sucede entre las personas y las cosas, no solo simbólicamente sino materialmente. Esa distancia puede hacerse cercana e íntima. Su mirada inquietante propone escuchar de nuevo, mirar de nuevo, nombrar de nuevo. Como cuando con el fotógrafo Jean Mohr hizo “Un hombre afortunado”, una crónica sobre el doctor Sassall, un médico clínico excepcional dedicado por completo a una comunidad rural remota. Años después, en 1975, también con Mohr, un libro sobre los desplazados, Un séptimo hombre. Los obreros migrantes en Europa, un insólito éxito editorial que rejuvenece con el tiempo, profético, mientras los discursos y políticas antiinmigración se propagan con mayor terror y violencia. Mohr y Berger, amigos durante sesenta años, también realizaron un ensayo sobre fotografía: Otra manera de contar, para el que documentaron a los campesinos del pueblo de Alta Saboya donde vivía Berger. El otro gran trabajo de Mohr, por el que es mundialmente conocido, fue fotografiar durante cincuenta años a los refugiados palestinos.
Fue un artista en movimiento constante y construcción permanente que tomó riesgos. La novela G, una muestra de sus búsquedas formales, no fue bien leída en el mundo anglosajón que es reacio a lo no lineal y a las tramas no explícitas o nítidas; sin embargo muchos escritores intentaron copiar su estructura novedosa. Vuelve a cambiar con los cuentos de la trilogía campesina, y una vez más con Hacia la boda, novela deslumbrante sobre el sida. Es cada vez más visible cómo cruza los géneros y en su poesía hay ensayo y narración, en sus ficciones hay poesía y ensayo y en sus ensayos hay historias y poesía. Veía textos en los dibujos y leía las formas como textos.
Le gustaba pensarse como un narrador, no como el novelista ni el creador literario de moda, sino como aquel que, sin afincarse en ninguna geografía, lejos de cualquier jerarquía o institución, va de lugar en lugar y cuenta las historias que ha vivido o ha imaginado.
Unos meses antes de que cumpliera noventa me preguntaba qué pasaría cuando muriera, un faro que ha iluminado muchos territorios y montajes y desmontajes de nuestra civilización o incivilización. Escribí sobre él y su libro Sobre el dibujo como un homenaje a sus constantes descubrimientos. No podíamos pensar en Berger como en un anciano. Los ancianos se ensimisman, dejan de interesarse por lo que sucede más allá de lo inmediato. Sin embargo, él murió como el extraordinario que fue, una persona siempre joven, atento a lo que lo rodeaba. Seguía escribiendo con una lucidez implacable, dibujando como una manera de investigación. Era otra manera de acercarse hacia lo desconocido: lo tangible y lo visible siempre podían adquirir otro ánimo y otro matiz. No había perdido el asombro ante las manifestaciones más variadas ni la curiosidad por lo nuevo y por el otro o lo otro. Cuando le preguntaron cómo iba a festejar sus noventa años dijo: “En silencio y haciendo lo que hago todos los días”.